Así que ahí estoy yo junto al parador de Toledo con los novios y un compañero de video, con mis dos flashes montados en sendos pies, uno en cada mano, la mochila colgada a la espalda, la cámara al cuello saltando por las rocas, y la mirada llena de ilusión ante el pequeño reto que me había propuesto: Utilizar mis pocos conocimientos strobianos en una boda.
Claro que, con las prisas de toda boda, sin ayudante y con las miradas de los demás fotógrafos (solemos juntarnos unos cuantos cada sábado por esa zona haciendo bodas) clavados en mi grotesca figura, la cosa no pintaba nada bien.
La luz había caído demasiado y se me antojaba que un flash montado sobre la cámara no era la mejor manera de conseguir alguna imagen que 'redondeara' el álbum.
Así que coloqué los pies con los flashes montados en ellos, al que iba a utilizar como luz principal le añadí un paraguas, -y un contrapeso, que estoy harto de que a la más mínima brisa aquello se vaya al carajo- al otro le puse el bounce y....¡a disparar!
Unas cuantas tomas, unos pequeños cambios de esquema de iluminación, y como resultado, unas imágenes cuanto menos distintas a lo que acostumbro a hacer, que me sirven para reafirmarme en uno de mis principios: Siempre merece la pena intentar ser algo más creativo.
No sé cuantos cientos de bodas habré hecho a lo largo de mi vida, siempre con el flash sobre la cámara. No es que esté mal, y hay momentos en una boda que no puedes hacerlo de otra manera, pero los colocas fuera y entonces, al menos, te das cuenta que hasta que no lo has hecho, no empiezas a aprender a iluminar.
Y todos sabemos que en fotografía la luz lo es todo.
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